Tepic: Postales del México cotidiano
- Moises Guardado
- 31 jul 2025
- 5 Min. de lectura
Tepic es la ciudad donde crecí. Durante mis primeros años, este lugar fue mi todo: mis calles, mis juegos, mis primeras historias. Fue aquí donde descubrí el mundo, y también fue mi puerta hacia él. Por eso, hablar de Tepic no es solo hablar de una ciudad, sino de mis raíces, de ese México auténtico que me formó y que llevo siempre conmigo.
Ubicada entre dos grandes destinos turísticos —Puerto Vallarta y Guadalajara—, Tepic suele pasar desapercibida para quienes nos visitan desde el extranjero. Pero eso, para mí, la vuelve aún más especial: es un rincón del país donde el México profundo sigue vivo, en sus sabores, en su historia, en su gente. Y me gusta pensar que al compartirla con otros, también comparto algo de mí.

Una ciudad con siglos de historia
Tepic está enclavada en el fértil Valle de Matatipac, rodeada de montañas, volcanes y ríos. Su nombre tiene distintas interpretaciones en náhuatl: “lugar de piedras macizas”, “tierra del maíz” o “lugar en el cerro”. Y cualquiera que haya caminado por sus calles sabe que todas son posibles. Sabemos que esta ciudad existía mucho antes de que Nuño de Guzmán la fundara como villa en 1531. El relato del conquistador Francisco Cortés de San Buenaventura —sobrino de Hernán Cortés— menciona que en este sitio ya había unas 200 casas y 400 hombres. Describió un gran llano atravesado por un río hermoso (el Mololoa), con barrios separados, tianguis activos y personas vestidas de algodón que comerciaban con maíz. Eso quiere decir que incluso antes de llamarse Tepic, ya era un centro de vida, de comercio, de cultura.
Y yo, al caminar por el centro histórico, siento todo eso bajo mis pasos. Los antiguos edificios que aún resisten —como la imponente Catedral, la Casona de los Aguirre o el Museo de Historia Regional de Nayarit— parecen hablarnos al oído si nos detenemos un momento. Este último, por ejemplo, fue construido en el siglo XVIII, hace casi 300 años. En su historia ha sido casa habitación, escuela y durante una época incluso fue sede del consulado alemán, creado para proteger los intereses de empresarios europeos que operaban en el puerto de San Blas. Detalles como ese revelan el papel que tuvo Tepic en el desarrollo económico del occidente mexicano, y cómo esta ciudad, discreta pero sólida, ha estado siempre en el centro de las rutas comerciales, culturales e históricas de la región.

Caminar por el centro es como recorrer una línea del tiempo viva. Uno pasa frente a casas de cantera con balcones de hierro forjado, tiendas con más de dos siglos de historia, como la Librería Retes, la más antigua de México y Latinoamérica, y una de las seis más antiguas del mundo. Hay parques donde aún juegan los niños como lo hicimos nosotros, y los señores mayores se sientan a ver pasar la tarde, como si nada hubiera cambiado.
Tepic es una ciudad de costumbres, de ritmos propios, donde la gente todavía se saluda en la calle, donde aún se compran churros por la tarde y se toman con café en las casas. Es un lugar donde la modernidad convive con la memoria, donde cada rincón guarda algo que nos pertenece.

La herencia viva de los pueblos originarios
Pero más allá de lo colonial o lo urbano, Tepic también se reconoce en sus raíces indígenas. Los primeros habitantes de este valle dejaron una huella que aún se puede sentir. Uno de los ejemplos más hermosos de esa continuidad cultural es Zitakua, una colonia fundada y habitada por familias de la comunidad Wixárika, que llegaron a la ciudad pero no perdieron sus tradiciones. En Zitakua, es posible ver ofrendas, probar su cocina tradicional, adquirir arte hecho a mano —como los famosos cuadros de estambre— y si uno tiene la suerte, presenciar una ceremonia guiada por el marakame Rutilio, un guía espiritual que mantiene viva la conexión con el mundo sagrado wixárika.

Además, en pleno centro histórico se ha inaugurado la Ciudad de las Artes Indígenas, un espacio destinado a promover y preservar el arte, la lengua y la cosmovisión de los pueblos originarios de Nayarit. Es un lugar donde no solo se expone, sino que también se enseña, se aprende y se celebra. Para mí, estos espacios no solo son parte del paisaje: son parte de lo que somos.
Tepic, punto de partida para explorar Nayarit
Otra cosa que hace especial a Tepic es su ubicación. Desde aquí, es posible conocer algunos de los destinos más hermosos y auténticos del estado:
San Blas: con su historia colonial, su puerto histórico, sus manglares y playas tranquilas.
Mexcaltitán: la mítica isla que algunos consideran la cuna de Aztlán, origen del pueblo mexica.
Jala: Pueblo Mágico, al costado del Volcán Ceboruco, un gigante dormido donde aún pueden verse fumarolas.
Ixtlán del Río: con sus aguas termales y la zona arqueológica de Los Toriles, una de las pocas estructuras circulares del México antiguo
Laguna de Santa María del Oro: Un impresionante lago en un cráter volcánico rodeado de un exuberante bosque, perfecto para nadar, navegar en kayak y relajarse en la naturaleza.

Tepic es, sin duda, un excelente punto de partida para quienes quieren conocer Nayarit desde su corazón y no solo desde sus costas.
Descubre el México donde crecí
Tepic es historia, es tradición, es sabor y modernidad. Es esa ciudad donde puedes probar un pozole de camarón o unos mariscos estilo nayarita que llevan siglos siendo parte de nuestra identidad, aunque estemos rodeados de montañas y no del mar. Aquí, las abuelas siguen cocinando como aprendieron de sus madres, y al mismo tiempo jóvenes chefs experimentan con recetas locales para crear cocina de autor. Se puede desayunar en un café moderno o en una fonda de siempre; caminar por una plaza con WiFi y escuchar, al fondo, el repique de las campanas de una iglesia con siglos de historia.

Para mí, mostrar Tepic a quienes nos visitan es una forma de compartir no solo una ciudad, sino un pedazo de mi vida. Porque Tepic no solo me dio mi nombre, mi acento o mis recuerdos… me dio una forma de ver el mundo: más sencilla, más profunda, más conectada con lo que importa. Así que si vienes a Nayarit, no te vayas sin conocer su capital: esa pequeña ciudad donde aún se respira el México profundo, ese México que me enseñó a mirar el mundo.




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