Cuatro días descubriendo el alma oculta de Nayarit
- Moises Guardado
- 15 jun
- 7 min de lectura
Cuando pensamos en Nayarit, la mente suele viajar en automático a las playas de la Riviera. Sin embargo, este estado resguarda un alma tropical e histórica que solo se revela cuando te adentras en sus carreteras. Hace poco, Alejandro y yo (Moisés) decidimos armar un viaje de cuatro días para mostrarles este lado fascinante a nuestros grandes amigos, Joel y Sariah. ¿La misión? Diseñar una ruta que conectara la exuberancia de la costa occidental con el legado histórico e industrial de la región, sin dejar de lado la gastronomía local.
Aquí les compartimos la crónica de una aventura inolvidable.
Dia 1
Arrancamos temprano. Nos encontramos con Joel y Sariah en Puerto Vallarta y tomamos rumbo al norte. Antes de llegar a nuestro primer destino, hicimos una parada técnica obligada por unas empanadas locales. Alejandro siempre dice que ahí hacen la mejor empanada de frijol con chorizo, y vaya que tenía razón. Sariah quedó encantada; probó tanto las opciones dulces como las saladas y no supo cuál elegir como su favorita. Con ese gran sabor de boca, seguimos hacia La Peñita y Los Ayala, donde tuvimos la suerte de presenciar algo que para muchos pasa desapercibido: la apertura de una yaca. Quienes han lidiado con esta fruta saben que es todo un arte; su resina es tan pegajosa que abrirla requiere destreza, paciencia y técnica. Una muestra perfecta de la paciencia rural.
Avanzando por la costa, nos detuvimos en el mirador de Chacala, justo a un costado del volcán extinto, regalándonos una panorámica bellísima del pueblo costero. Pero el calor apretaba y el cuerpo pedía agua, así que nos desviamos hacia la sierra, rumbo al poblado de El Cora.
Para llegar a su famosa cascada de 40 metros, cruzamos imponentes huertos de mango ataulfo. Estábamos en plena temporada, así que no pudimos resistir la tentación de recolectar algunos mangos directamente de los árboles. Pocas cosas se comparan con morder un mango fresco, jugoso y templado por el sol bajo la sombra de los árboles. Joel y Sariah disfrutaron muchísimo de la belleza de la poza templada de El Cora, donde por supuesto, nos dimos un buen chapuzón.
Antes de que cayera la noche, hicimos una parada estratégica en el muelle de Matanchén. Ahí, los cuatro contemplamos uno de esos atardeceres dorados e intensos que solo el Pacífico mexicano sabe regalar, la antesala perfecta para llegar a nuestro base: el histórico puerto de San Blas.
Tras instalarnos, salimos a caminar para respirar el ambiente nocturno. El debut gastronómico de la noche fue en un puesto local. Además de los obligados tacos de asada y adobada, les presentamos a nuestros amigos un secreto muy bien guardado de la región: los tacos de panela. Es un manjar rarísimo de ver en el resto del país, e incluso en el mismo estado, pero esa textura crujiente de la tortilla por fuera y suave de la panela por dentro nos dejó listos para ir a descansar.

Dia 2
El segundo día estuvo marcado por los contrastes: la piedra pesada de la historia y la fluidez del manglar. Por la mañana subimos al Cerro de la Contaduría (el ex fuerte de San Basilio). Desde esta imponente construcción virreinal de piedra, explicamos la enorme relevancia de San Blas en la Nueva España.
Les contamos cómo este fuerte protegía a los galeones de la Nao de China —que regresaban cargados de especias y telas finas— de los ataques de los piratas que rondaban la costa. Además, el sitio fue clave en la Independencia; el insurgente José María Mercado, comisionado por el mismísimo Miguel Hidalgo, tomó este bastión para dirigir las estrategias de liberación en la región. Para rematar la atmósfera histórica, observamos los petroglifos en la zona, testigos silenciosos de las culturas prehispánicas que ya habitaban este punto estratégico mucho antes de la llegada de los españoles.

De bajada en el centro, visitamos la icónica parroquia de San Blas —viendo tanto la estructura antigua desde donde partió Fray Junípero Serra hacia las misiones de las Californias, como el templo moderno— y caminamos por el antiguo muelle.
Tanta caminata nos abrió el apetito. Nos sentamos en un restaurante local a disfrutar el rey de la cocina nayarita: un majestuoso Marlin zarandeado, cocinado a las brasas con ese adobo ahumado tan característico, acompañado de agua de coco recién abierta.
El Susurro del Manglar: La Tovara y Kiekari
Con la energía repuesta, nos dirigimos a La Tovara. Nos adentramos en lancha a través de los canales y túneles naturales formados por las raíces de distintas variedades de mangle. El ecosistema estaba vibrando: vimos pasar tortugas, cigüeñas, garzas y cocodrilos en su hábitat natural.
Hicimos una parada en Kiekari, un admirable centro de conservación manejado de forma comunitaria por el Ejido La Palma desde 1985. Su labor rescatando y rehabilitando fauna silvestre es bellísima. Ahí pudimos observar coatíes, pecaríes, faisanes, la guacamaya militar y al majestuoso jaguar. El recorrido terminó donde brota el agua: en el manantial de La Tovara, donde aprovechamos para nadar en sus aguas cristalinas.
De regreso al auto, compramos el clásico pan de plátano de San Blas y nos fuimos hacia Mecatán, un pueblo enclavado entre la costa y Tepic. Fuimos directo al balneario natural El Mamey, una serie de pozas y cascadas rodeadas de plantíos de plátano, lichi, rambután y yaca.
Mientras caminábamos por el pueblo de Mecatán, vivimos una estampa maravillosa de la vida rural mexicana que nos tomó por sorpresa. De pronto, unas enormes bocinas comunitarias rompieron el silencio del pueblo con un aviso a todo volumen.
Para poner en contexto a quienes nos leen desde fuera de México: En muchas comunidades rurales del país, antes de que existieran los teléfonos inteligentes o las redes sociales, se instalaban estos megáfonos en las plazas o postes principales. Hoy en día se siguen usando como el "periódico del pueblo" para dar avisos comunitarios, vender productos o dar noticias urgentes.
En esa ocasión, la voz del altavoz anunciaba que al día siguiente habría compra de mango ataulfo grande, de más de 200 gramos. Una estampa auténtica de la vida cotidiana que nos hizo sonreír. Con esa bonita experiencia, volvimos a San Blas a descansar.
Dia 3
El tercer día bajamos un poco el ritmo por la mañana para recargar pilas, pero a media mañana ya estábamos en ruta hacia Bellavista. Aquí la crónica dio un giro total para adentrarse en la historia de la llegada de la industrialización a México a finales del siglo XIX.
Visitamos la enorme ex fábrica textil de Bellavista. Aunque la historia de sus paredes es dura —marcada por un esquema de explotación laboral severo—, también es un monumento a la dignidad. Les explicamos a nuestros amigos que aquí, en 1905, se gestó la primera huelga laboral moderna de México, antecedente directo de movimientos históricos como Cananea y Río Blanco. Recorrimos la sala de máquinas y la impresionante sala de turbinas que cobraba vida gracias a la fuerza del río Mololoa. Es muy interesante descubrir la arquitectura de la época porfiriana y la presencia de vestigios de un templo masónico, un grupo que indiscutiblemente movió los hilos del porvenir del país.
Para procesar tanta historia, nos sentamos a comer en el restaurante Los Telares de Bellavista, un gran acierto culinario, antes de enfilar hacia la capital del estado.
Al llegar a Tepic, nos hospedamos en el emblemático Hotel Fray Junípero Serra, ubicado junto al histórico portal Bola de Oro. Este lugar fue uno de los primeros hoteles de lujo del país, hospedando a los diplomáticos y familias de alcurnia que viajaban hacia el puerto de San Blas. Hoy, completamente modernizado, ofrece una terraza con vistas espectaculares. Desde ahí contemplamos el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, la iglesia de San José, la Ciudad de las Artes Indígenas y la imponente Catedral. Cerramos el día con una caminata nocturna por el centro histórico para familiarizarnos con el pulso de la ciudad.

Dia 4
Nuestro último día comenzó con el desayuno del hotel, el cual es muy delicioso y una visita al Palacio de Gobierno. Este edificio, que hoy alberga las oficinas del ejecutivo estatal, funcionó originalmente como penitenciaría en las afueras de la ciudad. Lo que realmente nos cautivó fueron sus majestuosos murales interiores, los cuales estudiamos detalladamente porque narran de forma muy visual la historia de Nayarit y de México. Además, la vista desde el segundo piso hacia el imponente volcán Sanganguey es espectacular.
Posteriormente, caminamos hacia la Casa de las Cinco Culturas (antiguo consulado inglés). Aquí compartimos con nuestros amigos una bellísima exposición sobre el pueblo Wixárika (huichol). Nos tomamos el tiempo de observar el nivel de detalle de las artesanías, las fotografías y la representación de un marakame (chamán) con sus ofrendas sagradas y la réplica de una choza comunitaria. Fue una inmersión de mucho respeto a la cosmovisión indígena.
De ahí pasamos al Centro Cultural Emilia Ortiz, un museo de arte moderno donde el talento nayarita contemporáneo resalta en cada sala, además de conservar salas históricas de la familia Aguirre (antiguos dueños de la fábrica de Bellavista que habíamos visto el día anterior).
La última parada en Tepic fue en la Ciudad de las Artes Indígenas. Tuvimos la fortuna de platicar directamente con los creadores locales y, en lo personal, yo (Moisés) no me aguanté las ganas y me compré una camisa elaborada por un artesano Na'yeri (cora), una pieza que porto con mucho orgullo.
El cierre perfecto en una ciudad virreinal
Emprendimos el regreso hacia el sur, pero la ruta no podía estar completa sin una escala en Compostela, una pequeña ciudad que fue pieza clave durante el periodo virreinal. Para despedir el viaje como se debe, nos fuimos directo al mercado local. Nos regalamos un banquete que incluyó desde un espeso y perfecto mole tradicional hasta pipián y unas enchiladas que reflejan lo mejor del arte culinario mexicano.
Con el estómago lleno y el corazón contento, manejamos de vuelta entre las montañas con rumbo a Puerto Vallarta. Fueron cuatro días intensos de aprendizaje, risas y descubrimientos. Para Alejandro y para mí, fue un verdadero orgullo poder mostrarles a Joel y Sariah estos rincones tan especiales, confirmando una vez más que los mejores viajes siempre se hacen compartiendo la historia y la buena mesa con grandes amigos.



















































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