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Tianguis: los mercados vivos de México

Cuando termina la temporada de farmers markets en Puerto Vallarta y Bahía de Banderas, algo cambia en la forma en que muchos visitantes recorren la ciudad. Esos mercados de temporada, tan queridos por quienes pasan aquí el invierno, suelen volver entre octubre y noviembre, cuando el calor baja un poco, llegan más residentes temporales y la bahía entra de nuevo en ese ritmo social de encuentros al aire libre, café, pan artesanal, música y productos locales.


Farmers market en La Cruz de Huanacaxtle


Pero mientras esos mercados descansan durante los meses más calurosos, hay otros que nunca se van. Están ahí todo el año, bajo el sol, entre lonas de colores, puestos improvisados, gritos de vendedores, montones de ropa, frutas de temporada, herramientas, comida caliente, cables para celular, verduras, juguetes, zapatos, licuados, tacos, birria, mariscos, plantas, dulces, piezas usadas, cosas nuevas y objetos que uno no sabía que necesitaba hasta verlos sobre una mesa. Son los tianguis.


Y aunque para muchos visitantes extranjeros la palabra puede sonar nueva, para México es una de las formas más antiguas de encontrarse, comprar, comer, conversar y mirar la vida pasar. El tianguis no es solamente un mercado. Es una institución social. Una memoria viva. Una forma de ciudad que aparece y desaparece en cuestión de horas, pero que lleva siglos repitiéndose con una naturalidad sorprendente.


La palabra “tianguis” viene del náhuatl tianquiztli, que significa mercado. Antes de que existieran los supermercados, antes de las plazas comerciales, antes de las tiendas de conveniencia y mucho antes de que alguien hablara de “experiencias locales”, ya existían estos espacios de intercambio. No nacieron con la llegada de los españoles; más bien, cuando los españoles llegaron, los encontraron ya plenamente desarrollados, organizados y profundamente integrados a la vida cotidiana de los pueblos mesoamericanos.


Uno de los ejemplos más conocidos es el mercado de Tlatelolco, en la antigua ciudad mexica. Los cronistas españoles quedaron impresionados por su tamaño, su orden y la variedad de productos que se ofrecían. No estaban viendo un mercado improvisado ni una multitud caótica, aunque desde fuera quizá pudiera parecerlo. Estaban viendo un sistema comercial complejo, con zonas separadas por tipo de mercancía, reglas internas, productos especializados y una cantidad de gente que para ellos resultaba difícil de imaginar.


Imagen generada por IA


Hernán Cortés describió aquel mercado como una plaza enorme, comparable —según su mirada europea— con varias veces el tamaño de ciudades que él conocía. Bernal Díaz del Castillo también escribió sobre la abundancia y el orden del lugar: vendedores de oro, plata, piedras, mantas, cacao, alimentos, hierbas, utensilios, aves, plumas, pieles y todo tipo de mercancías. Aquellas descripciones nos dicen mucho, no solo sobre el mercado, sino sobre el asombro de quienes estaban entrando a un mundo que no entendían del todo..


Y eso es importante recordarlo. Muchas veces se habla de los tianguis como si fueran algo pintoresco, desordenado o marginal. Pero su historia nos muestra lo contrario: los tianguis han sido centros de organización económica, social y cultural desde hace siglos. Han cambiado, por supuesto. Ya no vamos a encontrar plumas finas de aves exóticas ni pieles de animales hermosos como parte del comercio cotidiano, y eso es algo bueno. La vida se ha transformado, las leyes también, y nuestra relación con la naturaleza, aunque imperfecta, ya no puede ser la misma. Pero en el fondo, la lógica del tianguis sigue viva.


Antes se intercambiaban semillas, cacao, mantas, herramientas, comida y productos llegados de distintas regiones. Hoy encontramos cargadores de teléfono, ropa nueva, ropa de segunda mano, tenis, frutas, verduras, comida preparada, artículos de cocina, juguetes, plantas, celulares, bocinas, abarrotes, piezas para reparar algo en casa y objetos que parecen haber pasado por varias vidas antes de llegar a esa mesa. Cambian los productos, pero permanece la misma idea: un espacio donde la comunidad se abastece, negocia, se informa, se reconoce y se mueve.


Tianguis en Bahia de Banderas


A mí me gusta caminar por los tianguis porque ahí se siente una parte de México que no siempre aparece en las postales. No es un México silencioso ni cuidadosamente arreglado para la foto. Es un México ruidoso, práctico, colorido, a veces apretado, a veces caótico, pero profundamente vivo.

Hay una música particular en un tianguis. No necesariamente música de bocinas, aunque muchas veces también la hay, sino una mezcla de sonidos: el vendedor que anuncia tres piezas por cincuenta, la señora que pregunta si el mango está dulce, el niño que quiere un juguete, la bolsa de plástico que se abre, el cuchillo golpeando la tabla, el aceite donde se fríen quesadillas, el saludo entre conocidos, el regateo breve, el motor de una moto, el perro que pasa entre los puestos como si también tuviera compras pendientes.


Y luego están los olores. Ese es quizá uno de los idiomas más directos de un tianguis. Huele a fruta madura, a cilantro, a carne asándose, a masa caliente, a flores, a tierra mojada cuando ha llovido, a ropa recién desempacada, a chiles secos, a pan, a birria. Hay olores que no necesitan traducción. Uno puede venir de otro país, no hablar español, no entender bien cómo funciona el recorrido, y aun así saber que algo bueno está pasando cuando ve salir vapor de una olla o cuando alguien exprime limón sobre un plato recién servido.


Un buen tianguis casi siempre se camina con hambre, aunque uno no lo haya planeado. Tal vez empiezas buscando fruta o una camisa ligera para el calor de la bahía, pero terminas frente a un plato de birria, un taco dorado, un vaso de agua fresca o un chilate bien frío que te devuelve la energía para seguir caminando. Esa es otra parte esencial: el tianguis no se visita solamente para comprar; también se visita para comer. Y comer ahí tiene algo de ceremonia cotidiana. No la ceremonia formal de un restaurante, sino la de sentarse donde se pueda, recibir un plato sencillo y sentir que uno está participando en una escena que se repite cada semana.


Comida de tianguis


Para los viajeros, especialmente para quienes vienen de países donde el comercio suele estar más controlado, empaquetado o separado de la vida diaria, un tianguis puede ser una experiencia reveladora. No porque sea “exótico”, una palabra que a veces dice más de quien mira que de lo que está mirando, sino porque obliga a bajar el ritmo y observar. En un tianguis no todo está etiquetado ni explicado. No siempre hay precios visibles. No todo está pensado para ser cómodo. Pero justamente por eso puede enseñar mucho.


En un farmers market turístico, muchas veces el visitante encuentra una versión amable y curada de lo local: productos artesanales, comida preparada con una presentación bonita, música, vendedores bilingües y un ambiente relajado. Todo eso tiene valor. Son espacios importantes para productores, artistas y pequeños negocios, y en la bahía los disfrutamos mucho durante la temporada alta. Pero el tianguis pertenece a otra lógica. No gira alrededor del visitante. No existe para ser fotografiado, aunque sea muy fotografiable. Existe porque la gente lo necesita.


Ahí compran familias enteras. Ahí se surten pequeños negocios. Ahí una persona puede encontrar ropa barata para sus hijos, verduras para la semana, una pieza para arreglar una licuadora, una planta para el patio, un desayuno abundante y un saludo de alguien que conoce desde hace años. El tianguis no pretende ser una experiencia auténtica. Lo es, precisamente porque no está intentando demostrarlo.


San Vicente, Nayarit, Tianguis.


En Bahía de Banderas y Puerto Vallarta, los tianguis están repartidos por distintos barrios y pueblos durante toda la semana. Los más grandes suelen ser los domingos. En Puerto Vallarta, uno de los más conocidos se instala en la colonia Mojoneras. Del lado de Bahía de Banderas, uno de los tianguis más concurridos se instala en Bucerías, en la zona del Arroyo del Indio, cerca del centro. Reúne a muchísima gente y se convierte en una especie de río humano entre puestos, comida y mercancías.


Pero no son los únicos. Los lunes, por ejemplo, podemos encontrar tianguis en la colonia Aurora. Los miércoles en San Vicente y también en La Cruz de Huanacaxtle. Los sábados, el barrio Santa María. Y así, entre colonias, pueblos y calles que durante unas horas se transforman, la bahía se llena de estos mercados itinerantes que aparecen, ocupan el espacio, lo llenan de vida y luego desaparecen hasta la semana siguiente.


Esa temporalidad es parte de su encanto. Un tianguis no está siempre ahí como un edificio fijo. Llega. Se arma. Respira. Se llena. Se calienta. Se vacía. Se desmonta. Y cuando termina, la calle vuelve a parecer calle, aunque quienes pasamos por ahí sabemos que algo ocurrió. Quedan manchas de agua, algún olor a comida, cajas apiladas, marcas en el suelo, quizá una bolsa olvidada. Pero sobre todo queda la sensación de que la ciudad tuvo, por unas horas, otro corazón.


Caminar por un tianguis también nos recuerda que la cultura no vive solamente en museos, iglesias o zonas arqueológicas. Claro que esos lugares importan. Nos ayudan a entender la historia larga, los grandes procesos, las arquitecturas, las fechas, los nombres. Pero la cultura también está en la forma en que una señora escoge los jitomates, en cómo un vendedor acomoda sus montones de ropa por color, en la manera en que alguien prueba una fruta antes de comprarla, en la confianza de pedir “lo de siempre”, en el intercambio de noticias entre puesto y puesto.


San Sebastian del Oeste


A veces, cuando guiamos viajeros, noto que muchos buscan “el México real”. La frase es complicada, porque México no es una sola cosa. El México de una playa al atardecer también es real. El de un hotel cómodo también. El de una cena elegante también. Pero hay capas que se sienten más cercanas a la vida diaria de quienes vivimos aquí. Y el tianguis es una de ellas. Y tal vez esa sea una de las cosas más mexicanas del tianguis: su capacidad de cambiar sin dejar de ser lo que es.


Un mercado antiguo en una ciudad moderna.

Una costumbre prehispánica bajo lonas de colores.

Un lugar donde todavía se compra, se come, se conversa y se camina como si la historia siguiera pasando, discretamente, entre un puesto y otro.

 
 
 

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